Estoy acá.

Si tan solo supieras
que no pasás desapercibido,
que también te veo
cuando cruzás por mi lado.

Invento excusas en silencio
para llamarte,
para escuchar tu voz
aunque sea un instante.

Sos un misterio
de esos que no asustan,
de los que invitan
a conocerte un poco más.

Quisiera decirte
que no soy un imposible,
que soy más simple
de lo que imaginás.

Pero tengo el alma antigua,
de las que todavía esperan
un café que sea encuentro,
una charla sin desvíos
y voluntades que coincidan.

Seguro vos también
venís con cicatrices.
Yo también tengo las mías.

Y aun así,
con miedo y con historia,
sigo buscando
a alguien que se sienta hogar.

(con miedo también voy)



 



Entre tu mundo y el mío.

Como la arena que raspa,
como la arena que quema
bajo los pies desnudos.

Así raspa, así quema
la palabra que muere
entre tu mundo y el mío. 

Poesía

Poesía 
es el secreto que se escapa entre susurros,
los gritos atrapados entre las paredes de tu garganta,
la lágrima suspendida en el espejo de tus pupilas.

Es oleaje de emociones que sacuden tu presente,
la espina clavada en tu dedo índice,
la piedra diminuta escondida en tus zapatos.

También es fuego que arde en tus entrañas,
un hambre insaciable de derrumbar murallas,
el aliento que se quiebra tras cada intento.

Poesía 
es lo que queda cuando ya no queda nada, 
la voz que florece y se vuelve emblema,
la batalla secreta de haber sobrevivido.



Tic tac

Tic tac. Los últimos rayos de luz entibian el vidrio empañado del cuarto. 

Tic tac. Un silencio perturbador yace tras la puerta.

Tic tac. El ángel negro espera pacientemente. 

Tic tac. Nadie es consciente de lo que acontece en la casa. 

Tic tac. La ropa de la semana, acumulada en la silla; más de dos vasos apilados en la mesa de luz; la ropa de cama con olor a la semana pasada; y la capa de polvo que comienza a hacerse notar.

 Tic tac. Su espíritu no parece detectar el “orden establecido” en la casa. Con sosiego, sus ojos mojados ya se han habituado a la penumbra del cuarto. No es el infierno, aunque lo parece. Tampoco es un sueño. Todo parece tan natural, como para quien no distingue el buen vino del malo. Lo más triste es que se ha acostumbrado a esa agonía inservible. 

Tic tac. El ángel negro da un paso. No suena. No respira. No pesa. 

Tic tac. Pero el aire se vuelve más espeso, como si la habitación supiera que algo está a punto de romperse. 

Tic tac. Ella no lo mira, pero lo siente. Está ahí. Siempre ha estado: observando, esperando. 

Tic tac.

Nudos que liberan.

Hay nudos que atan,
Y nudos que liberan.
Nudos que llevan historia,
Y nudos que trazan sueños.

Hay nudos que inspiran.
Nudos que son magia.
Nudos que nos unen,
que conectan y nos hacen volar.

Nudos que son arte,
Esperanza viva,
deseo ardiente,
Y amor que aviva.

Los nudos son caminos
Tejiendo destinos.
Como la vida misma:
hechos de encuentros,
de decisiones,
de manos que se cruzan
y de hilos que nunca se sueltan.-

Febrero

Hola, ¿cómo estás? Quisiera contarte que febrero duele un poco menos. Aún no me atrevo a cantar victoria, pero esta noche —al menos ésta— la tristeza no compartirá mi lecho. Los días se van tiñendo de colores y quiero un poco más a la imagen en el espejo. 

La búsqueda de la felicidad.

Nos pasamos la vida buscando la felicidad y no nos damos cuenta de que, en esa búsqueda, se nos va la vida. 

Confundimos la felicidad con una emoción; con la dopamina que se genera en ciertos momentos de adrenalina y entretenimiento efímero; con compañías frívolas que huyen de lo íntimo y profundo, sin darnos cuenta del daño que nos hacemos. 

La confundimos con la ausencia de conflictos, de problemas y de preocupaciones. Es como querer comer la manzana y que no tenga semillas.

Y la felicidad es simplemente vivir, estar, compartir, pertenecer, poder ser.


Dime que me has olvidado.

En la ciudad que no duerme

me despierto pensándote.

Aunque no quiera, aún duele

la estaca clavada en mi ser.


Sé que no quisiste hacerme daño, 

aunque hoy vivas arrepintiéndote.

Te pido, por favor, que me odies

así lograré odiarte yo también.


No me digas que me extrañas

porque los recuerdos se aferran con desdén.

Dime que me has olvidado

y podré arrancarte de una vez.



Atizar el fuego.

¿Qué es el amor pasional, 

sino algo efímero 

compartido entre dos extraños que se desean?

¿Y qué si deseo algo más

que sólo admirar el fuego?

¿Y qué si deseo entregarme 

hasta quemarme por completo?


Por favor, amor mío, 

no avives el fuego.

No le tires más leña 

si no vas a hundirte

en las llamas conmigo.


Vida al natural, un microcuento de Clarice Lispector.

 Vida al natural [Minicuento - Texto completo.] Clarice Lispector

Pues en el río había algo como el fuego del hogar. Y cuando ella advirtió que, además del frío, llovía en los árboles, no podía creer que tanto le fuese dado. Y el acuerdo del mundo con aquello que ella ni siquiera sabía que precisaba como el pan. Llovía, llovía. El fuego encendido guiñaba hacia ella y hacia él. Él, el hombre, se ocupaba de aquello que ella ni siquiera agradecía; él atizaba el fuego, lo cual era su deber de nacimiento. Y ella, que siempre estaba inquieta, haciendo cosas y experimentando, curiosa, ella no se acordaba de atizar el fuego: no era su papel, pues tenía a su hombre para eso. No siendo doncella, el hombre tenía que cumplir su misión. Lo más que ella hacía era instigarlo, a veces: «Aquel leño —decía—, aquel todavía no encendió». Y él, un instante antes de que ella acabara la frase que lo advertía, él ya había notado el leño, era su hombre, ya estaba atizando el leño. No le daba órdenes, porque era la mujer de un hombre que perdería su estado si ella le daba órdenes. La otra mano de él, libre, está al alcance de ella. Ella lo sabe, y no la coge. Quiere la mano de él, sabe que la quiere, y no la coge. Tiene exactamente lo que necesita: poder tener. 

Ah, y decir que esto va a acabar, que por sí mismo no puede durar. No, ella no se está refiriendo al fuego, se refiere a lo que siente. Lo que siente nunca dura, lo que siente siempre acaba, y puede no volver nunca. Se encarniza entonces sobre el momento, se traga el fuego, y el fuego dulce arde, arde, flamea. Entonces, ella, que sabe que todo va a acabar, coge la mano libre del hombre, y la enlaza con la suya, ella dulce arde, arde, flamea.-

Gozo infernal.

La semana transcurre demasiado rápido 
y otra vez es fin de semana. 
Nuevamente la casa huele a ausencia y soledad.
Tanto dolor emocional no cabía en el alma 
y tuvo que esparcirse por todo el cuerpo.
Un incesante murmullo dentro de mi cabeza
 no me deja en paz. 
Amenaza con alienarme hasta la médula 
y arrancarme los ojos llenos de sal.
Se me afiebran los pensamientos que, 
como demonio de Tasmania, 
hicieron humo en mi cerebro.

¡Cuánta crueldad! ¡Cuánto masoquismo! 
Denme una píldora 
que me anestesie el alma, 
el cuerpo 
y el pensamiento. 
Ya no deseo este gozo infernal. 

Me harté de romantizar el sufrimiento. 
Vos ya no volverás. 
No quiero que vuelvas. 
Debo continuar.

Continuar. 
Sin esperar esos ojos que me recordaban que el cielo existe. 
Continuar.
Sin esperar esas manos generosas que supieron entenderme a la perfección.
Continuar.
Sin esperar esos besos que, como buen alumno, aprendieron a amar.
Continuar.
Sin esperar esa sensación de falsa paz, 
mi alivio momentáneo para tanta ansiedad.

Ahora, 
debo aprender nuevamente a ser feliz 
con mi propia compañía, de la que huyo
 espantada, como quien no se reconoce en el espejo.
 
Vamos a echarle la culpa a un viejo amor, 
por plantar la semillita de la ilusión.

Hoy toca reconstruirse.
Reconectar. 
Volver a sentir 
que vivo porque existo, 
que existo porque vivo.

Estoy acá.

Si tan solo supieras que no pasás desapercibido, que también te veo cuando cruzás por mi lado. Invento excusas en silencio para llamart...

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